miércoles, mayo 24, 2006

Lóriga

Me pasaron muchas cosas allí. Además, creo que era la fuerza que conseguía que una familia se mantuviera más o menos cerca. Aunque fuera un conjunto de ladrillos...
Demasiadas cosas como para enumerarlas aquí todas. Algunas demasiado íntimas. Debajo del árbol de laurel. En la habitación de los abuelos. El estudio. Y más.
Había una grúa aparcada al lado de la puerta. Me cogieron, todo renacuajo, y me subieron encima. Me parecía divertido, hasta que me dijeron que iban a llamar al conductor para que se me llevara a mí en vez de al coche. Me lo creí, y cogí un miedo espantoso a las grúas.
Las primeras fiestas de fin de año. Las primeras veces en las que no duermes en casa, porque te pasas toda la noche de parranda con los amigos. Las uvas, dejas pasar un tiempo prudencial para que no parezca que estás ansioso por irte, y subes al cuarto de baño. El traje. La corbata. La colonia. El espejo, que siempre te devuelve la mirada de alguien que no te gusta excesivamente. Y que nunca lo hará, por cierto, como he seguido comprobando años después. Una noche que tal vez te traiga alguna primera vez. O segunda. O tercera. Muchas expectativas, que nunca se cumplieron. Todas las noches de fin de año fueron un fiasco. Pero esa es otra historia.
Cenas de Navidad, de Fin de Año. Mi tío siempre acababa metiéndose con la calva de mi padre. Cuánta paciencia. Mi tío y mi tía siempre acababan contando chistes verdes, de manera algo velada, porque había ropa tendida. El huevo hilado. La sidra. Las uvas.
Las escapadas después del colegio para comer filetes rebozados de pollo. ¡Y lo buenos que estaban!
El jardín, con su canasta, con la pelea diaria por no destrozar las plantas. Tantas tardes de sábado jugando al fútbol.
La chabola, con su colección de juguetes, de libros. Mucho Cuchifritín, mucha Celia. Mucho piano en el estudio, desafinado, siempre desafinado. El estudio... Así, a bote pronto, estar tocando el piano mientras escuchas en la radio, acojonado perdido, un Barsa-Madrid que acabaría 1-1, gol de Koeman y no sé de quién más. Ensayos con mi padre. Cuadros, carteles, títulos. El clavo oxidado con el que se hacía palanca para que la puerta se quedase más o menos cerrada.
O aquella vez que nos dejamos las llaves dentro y mi padre tuvo improvisar una escalada tipo Spiderman para entrar por la ventana del lavabo. Los policías de la comisaría de al lado estuvieron a punto de dispararle. O eso contaron después.
El pasaje y sus vecinos. Fútbol, bicicleta. Aurora, Ana, Conchita y Antonio, Tete. Cuántos episodios de V vistos en su casa, y qué pocos de El equipo A, con lo poco que me gustaba. Eso tampoco cambió con los años.
Regar el jardín en verano.
Jugar al ping-pong.
Cerrar las contraventanas antes de irse.
El despacho y la tranquilidad de poder ver la tele.
El salón, con esos sillones tan incómodos.
La colección de libros de Agatha Christie, los primeros que comencé a leer, y que me hacían sentir tan mayor. Asesinato en el Orient Express, Diez Negritos... Nunca me gustó Miss Marple. Donde estuviera Poirot...
El Martini mágico. Caty. Chula. ¡¡¡Whisky!!!
¿Qué será de Bruja?